EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

jueves, 16 de abril de 2009

Valmore Muñoz Arteaga

ALGÚN DÍA, ALGÚN NOMBRE
En “El Jardín Perfumado” de Jeque Nefzawi, se narra la historia de un bufón llamado Bahlul, en esta historia se cuenta que toda vulva lleva inscrita en su abertura el nombre de aquel que debe entrar en ella, quizás haciendo algún tipo de alusión a lo dicho por Mahoma cuando éste afirmaba que “todo hombre lleva inscrito su destino en la frente”. Si te abro las piernas buscarías tu nombre en mi vulva? Y si tu nombre aparece entonces te diré como Lemnius hizo decir a su Bora en “Las Noches de Lutero”: “empuja, te lo ruego, perfórame el coño / que el golpe de tu nervio resuene en mi séptima costilla” O lo que Abu Othman Haleby escribió en “El Libro de las Leyes Secretas del Amor” que deberás empujar todo tu hurgón y amasar la cabeza contra el orificio de mi brasero?.-¿Y si no está? Si, después de todo, mi nombre no aparece?-No seas estúpido, tu nombre va a estar. Anda mírame, mira cómo abro mis piernas para ti, asegúrate de lo que Sorano escribió sobre mi clítoris en su “Gynaecia”, que “es el origen de los dos labios menores y por su naturaleza, constituye un trocito de carne casi igual que un músculo; y se le ha llamado Nymphe porque ese trocito de carne se oculta como novia”. Mira, fíjate bien en mi sexo, es como un animal vivo que respira, sé que está empapado porque siempre está requiriendo un empalme más directo, una caricia más concreta. Anda que “tengo el vientre expandido, el culo enorme y chato, / el coño distendido, grande como un capazo, / capaz de contener de arras las mercancías…”, así como escribía Deschamps. Pero no quiero tu carne dura templándome el cuerpo, quiero tu lengua conquistando mis espacios.Verte así me hizo recordar la poesía de María Calcaño, una poesía hecha con la densidad, la corpulencia y la honestidad de la carne. Una poesía que, como la propia Calcaño, no tenía salvación, justamente por ser un verso que arde en venas trágicas. Entonces se me revelaba en la humedad abierta de tu sexo trozos de carne de su poesía indómita: “Carne… Carne mía, / intensamente llama, / intranquila, poseedora: / abre, / tú eres como un jardín…” Se me revelaban las palabras que me perdían para el mundo. Tu carne abierta me hacía regresar al origen. A través de tu cuerpo y tus palabras comprobé que era un ser extraño, un pueblo sin campanas por la mañana, un eco donde el fuego florece como fantasma que vela por la llegada de los barcos. Un ser extraño que golpea con crucifijos metálicos las paredes de esta oscuridad cada vez más grande, más insobornable, más certera. Tu carne abierta, mojada de catástrofes donde mi espíritu desciende cantando hasta no alcanzar a oír el ruido de los animales. Confundido por la carnosidad de tu entrepierna canté la romanza infausta de las partidas. Me lancé desnudo hacia la profundidad de la noche donde manan las extravagancias de los amantes y uno se queda mirando en silencio al abismo. Tu voz se desparramaba como madera ardiendo, me pedías entre cada lengüetazo en tus labios vulvares que difundiera el aliento del pecado entre tus piernas. Intercambiaba mi lengua con mis dedos. Aturdido veía cómo desaparecían dentro de tu sexo, cómo eran consumidos por tu carne hinchada, roja. Palpaba tus paredes internas. Estaban babeando deseo. Separaba con cuidado los labios para repasar con mi lengua la cavernosidad donde duermen los lagos. Mi lengua se hundía en un pantano de contracciones irregulares. Desde las profundidades de tu vagina mi lengua tropezó con otra lengua que me decía: “¿Por qué has venido a hallarme? / Mira aquí mis largos deseos como estrellas. / Tengo miedo de nombrarte, / de que sólo seas sueño…/ Mi cuerpo tiembla todo como luna en el agua. / Y contra mis manos mudas / mi vientre se me huye…” Era María Calcaño, su boca era tu sexo enardecido. Nos besamos. Sus labios tomaban mis labios. Me descubría en su saliva que se chorreaba de mi boca. “Sé que vas a matarme, me decía entre lenguas que iban y venían convulsas, pero ven a matarme”. Tus muslos eran sus hombros y yo los tomaba entre estertores. Estaba borracho, complacido, sin angustias, henchido por tus secreciones o su saliva, ya no reconocía nada, tan sólo mi lengua como pez fugitivo se enfrentaba a las aguas picadas del deseo más desesperado.Una voz que ya no sé si era tuya o de ella me increpaba a buscar el alma en el cuerpo sometido. ¿De quién es este cuerpo? Me preguntaba perdido en el gozo. Socávame por detrás, mete tus dedos y búscame el alma, me decías ahogada en secreciones. Pero cómo sabré cuál es tu alma en medio de este concierto sin sentido de carnes ciegas. “Mi alma es un navío, respondiste, sobre el agua multiforme.” Busqué entre tus entrañas hasta hallar una luna blanca de espumas borbotantes. Azotados por el orgasmo volcado sobre nosotros, agotados de luchar bajo el agua encrespada de los cuerpos, tomaste la luna entre tus manos. “Todo esto, dijiste por fin. Sólo esto, / grande y desesperado, / soy yo”. Entonces, buscando recobrar el aire perdido entre las sacudidas orgásmicas, con un cristo de un rosario que entre salía de una gaveta junto al lecho donde guardaste tus muñecas, tallaste mi nombre en la frente inflamada de tu vulva.

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Valmore Muñoz Arteaga. Docente y escritor venezolano (Maracaibo, 1973). Profesor de literatura en la Universidad Católica Cecilio Acosta y en el Colegio Alemán de Maracaibo. Ha publicado Epistolario: Mario Briceño-Iragorry-Mariano Picón Salas, Mario Briceño-Iragorry desde la vigilia y otros ensayos, Bajo la caligrafía de la noche y La memoria de la noche.



Imagen: Arte erótico romano: pinturas en Pompeya: http://newsimg.bbc.co.uk/

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