EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

sábado, 25 de abril de 2009

Valmore Muñoz Arteaga

SIN NOMBRE


Dice Juan Carlos Somoza, escritor y psiquiatra, que producir una obra de arte no es suficiente para salvarnos del absurdo, del terror, de la desesperación. Es decir, la literatura no salva a nadie, no tiene ese poder, nunca lo tuvo ni lo tendrá. Por más que el viento del ala de la locura baudeleriana nos golpee en la cara, la literatura no nos salvará de nada. Vila-Matas nos ofrece a través de su Pasavento la posibilidad, no de morir ni de salvarnos, tan sólo desaparecer. Desaparecer a través de la literatura. Conseguir con cada palabra el desgarramiento del yo. Beber de nuestra propia sangre la otredad. Ser otro en uno mismo. Desaparecer hurgando con la lengua el ombligo del abismo. Desaparecer chupando el sudor de la locura de las ninfas. Desaparecer. Desaparecer. Hacerme invisible como Hesnor Rivera, a quien los desprevenidos consideran muerto.
Desaparecer mientras devoro, detrás de los espejos que bordean las bocas del infierno, tus sombras de hembra, malditas por los hombres de lenguas ulceradas de tanto hablar, de tanto ser, de tanto ir sin retorno a las profundidades de tu cuerpo. Maldita por haberlos vencido a todos. Maldita por atreverte a ser carne viva del goce… Maldita, bruja, diabólica, vampira, sangrienta, así te han llamado por haberlos arrastrado más allá del placer, por entregarte locamente al deleite y haberlos vencido. Desaparecer en tus lubricidades. Meterme entre tus piernas como el poeta Oliverio hizo con su puta lectora, pero no volver a nacer, tan sólo quedarme dentro. Desaparecer entre tus dedos, donde cuelga aún el efluvio caliente de tus masturbaciones queriendo también desaparecer.
Desaparecer. Ser Fernando Pessoa que desapareció para ser geometría del abismo. Quizás ser Robert Walser comido por las raíces de la locura dispersa entre las nieves de Herisau. Ser el pobre Andrés Pasavento anulado por el horror de la gloria literaria terminó creyéndose Enrique Vila-Matas. Desaparecer en el violento olor de tu sexo que me brinda siempre la posibilidad de deslizarme lentamente hacia el silencio. Desaparecer en la empalagosa ranciedad de tu sexo, entre las hebras retorcidas de tu sexo como en aquella película de una película de Almodóvar en la cual un hombre menguado entra y sale de cuerpo entero de la vagina de su amante.
Desaparecer de este ampuloso mundo. Evaporarme, irme a tu mundo entrepiernado donde la vida es más vívida. Donde soy algo más, algo distinto a ser un muerto loco que vive laberínticamente cuerdo. Escaparme del mundo y entrar callado en la Casa del Dragón, en los espacios fúnebres de la Casa del Dragón, donde Israel Centeno cuenta que las tensiones se armonizan en enfrentamientos cuerpo a cuerpo y se impone un orden con la lógica de la gratificación. Desaparecer viendo cómplice a Fedra, Ling y Nereida aferradas a la dura verga del pobre Umberto Umbertino quemado a la luz de un diminuto e impecable candil, sometido a la tiranía de la lujuria, semejando al Sátiro y las Ninfas de William Adolphe Bouguereau .
Desaparecer o ser poseído? Dejarme poseer por ti, mi flamante Tría, que te pegas a mi sexo hasta hacer que la miel brote y así entrar en tus trances proféticos? Desaparecer o dejarme poseer por tu cuerpo y alimentarme de conocimientos terribles que bien pueden salvarme o llevarme a una salvaje locura? Eres una de las Ninfas de Calasso, eres una Criatura de la Noche, acaso no serás la misma donde se perdieron -¿desaparecieron?- Luciano e Israel, luego del brindis ofrecido a José Manuel cuando publicó aquella novela con la cual suponía iniciarse en la literatura fantástica? Cuando te pegas a chuparme los sueños desde mi sexo confundido entre tus labios y tu lengua, desaparezco, pierdo la objetividad de mis percepciones, me despersonalizo, como leí en algún cuento, comienzo a ser un personaje visto desde afuera por otro personaje que a su vez era contemplado mientras lo contemplan dos mujeres idénticas. Cuando me mamas y me posees pierdo ubicuidad, como dice el cuento, me muevo como una cámara loca que hace tomas accidentadas.
Cuando me posees, desaparezco, me hago invisible, pero sin la tristeza de Hesnor Rivera, me pierdo para el mundo. Desaparezco y me encuentro entre las palabras de un cuento de Centeno: “Fue entonces cuando claudiqué, decidí no tener vida sino en su muerte ni esperanza sino en la noche vegetal de aquella montaña, y allí, amigo mío, residió mi error. Los espíritus errabundos y malditos sólo encuentran sentido en la posesión que se le resiste, y yo ya no resistía más” Yo nunca puse resistencia. Desaparezco.

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Revista de creación y eventos culturales. Moderan: Doan Ortiz Zamora, Alan Bustamante Medina y Jack Farfán Cedrón, escritores peruanos.