EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

miércoles, 17 de febrero de 2010

Gravitación del amor. Viento en las velas

por Fernando del Val


Jack Farfán es un poeta que no necesita de viento a favor para que la carabela de sus palabras surque con rumbo certero y desconocido. Su poesía refulge un viviente testamento de lo que será. Porque en cada libro o artículo que he leído de él se aprecian las aperturas de campo que anuncian la permutación sin dejar de ser, en ningún momento, fiel a sí mismo.
Sobre todas las cosas Jack Farfán es un poeta y antepone un buen verso a cualquier cumplimiento de orden práctico. Porque él sabe que sólo la literatura permanece y sus latidos bombean palabras en vez de sangre. Jack Farfán persevera. Su compromiso con la literatura es extensible a la vida entera, ya que uno se retrata en lo que escribe. Y lo que escribe Jack es vital. Su perseverancia, rayana con la contumacia, y sus argumentos literarios son el mayor rasgo de carácter y verdad.
Sólo dedican la vida por completo a la lectura y la escritura aquellas personas que no dan liebre por gato –y cambio el orden de los animales porque prefiero los felinos-. De Jack me puedo fiar. Te puedes fiar. Nos podemos fiar. Y, en medio de una sociedad planetaria en crisis, sobre todo éticamente, la honestidad es un valor más en alza que nunca.
El autor no se esconde y, además de la lógica abstracción poética, nos topamos con verdades bellamente enunciadas: “(…) deberé / Ser invisible al soplo de la grandeza”; “Siento la cruz de los abismos”, "la lluvia bendice" y verdades con saborcillo clásico: “De oro es la paciencia”.
Desde el día en que lo conocí vi una persona letraherida, que es lo mejor que puedo mentar de cualquiera que escriba. Hay quienes escriben en sus ratos de ocio o cuando llega la inspiración. Hay quienes beben, comen, trabajan, pagan sus impuestos, salen a pasear, fornican. Él antepone su proyecto de vida literario a cualquier actividad. Lee y escribe y luego, además, come y bebe para no morir deshidratado, es decir, para poder seguir escribiendo. Es un hecho sobresaliente en alguien que ha dedicado sus esfuerzos académicos a la ingeniería, en su caso, forestal.
Cualquiera diría que gastar la vida en escribir –tarea, aunque prestigiosa, sin remuneración justa-, es, hasta cierto punto, malgastarla. Todo lo contrario. Él sabe que el ser humano es menos que un suspiro en la Historia de la Humanidad y que si con algo se puede restar el absurdo de vivir es pariendo ideas por escrito. Este verbo –parir- nos trae la maternal figura del creador, el lado femenino de Jack.
Hay algo definitorio en los títulos de los libros cuando están bien elegidos. La gravitación que nos propone en el título newtoniano de su nueva entrega habla por sí sola. Me parece superior a Pasajero irreal, por ejemplo. Con ella hace del movimiento una danza. Nos deja un verbo intransitivo –gravitar- referente a cuerpos y pesos que forma un todo cosificado por la limitación. La segunda parte del título –el amor-, a su vez, es una condena que nos acerca paradójicamente a la libertad. Con el añadido de que, en su curso, hay carga y responsabilidad: la natural atracción entre dos objetos con masa no es inocente. Hay que pagar por ella, por la condenatoria suerte de estar vivos y sentir.
El valor literario está en lo que se escribe, sin duda, pero muchas veces lo que se escribe parte de una disposición natural a escribir. Julio Camba dijo que la literatura se podía convertir en una profesionalización de la tara sicológica. Jack indaga en ello y obtiene pruebas que refuta ante el folio en blanco.
Qué agua reina la serenidad es un título que pone las cosas en su sitio. Cuidadosamente evocador y respetuoso con la naturaleza que nos trajo al mundo. A partir de él, los versos caen en torrente. Llegan los juncos sobrevolados, la tibieza de lecho, la altura del miedo o las manos derretidas. Versos iniciados por mayúscula, siguiendo la tradición que recogieron Guillén y Cernuda, que podría romper la lectura pero acerca el verso como unidad. Qué agua reina la serenidad, Siguiendo la mano encontrada o Nada es lo que toca son títulos perfectos. O el subjetivo Cupo en la piedra la fuente cuyo fondo.
He disfrutado de las noventa páginas en tres lecturas demoradas. No pretende esta emisión hacer un análisis detallado de la obra, sino hablar de un autor que, seguro, es conocido por quienes han acudido al feliz alumbramiento de su nuevo hijo. Es decir, presentarlo a quienes ya lo conocen. Hablarles a todos desde la lejanía cercana española. Decirles cómo se ve desde esta latitud el mérito de Jack Farfán Cedrón. Quiero felicitarle por un libro que constata con calidad el camino correcto.
La cultura siempre parece encerrada. El nombre del país no importa. Primero, por los que la excluyen de su vida y no se acercan a ella y la desprecian como tarea fundamental. Prefieren la televisión o yo qué sé qué. Después, por los comisarios que la custodian, entre ellos, algunos escritores y críticos a los que les cuesta leer cosas nuevas de autores nuevos.
El mérito siempre estará como valor en sí mismo. Aunque siempre queden cuatro paniaguados que entorpecen el camino. Hay que atreverse a leer. No digo que todo valga. No. En absoluto. Digo que la poesía de Jack Farfán vale.

Madrid, a 10 de febrero de 2010

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Revista de creación y eventos culturales. Moderan: Doan Ortiz Zamora, Alan Bustamante Medina y Jack Farfán Cedrón, escritores peruanos.