EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

domingo, 28 de marzo de 2010

PRESENTACIÓN DE "GRAVITACIÓN DEL AMOR", 26-03-10

Imagen: Silvia Farfán



Saludos…

Quisiera comenzar esta presentación del poemario Gravitación del amor de Jack Farfán Cedrón felicitando a los integrantes de la Oficina General de Investigación de la Universidad Nacional de Cajamarca por haber auspiciado la publicación. Frecuentemente, los escritores nos quejamos que no gozamos del apoyo del Estado y sus instituciones para la publicación de nuestras obras; pero, en este caso, Jack lo ha conseguido. Además, el apoyo ha sido bastante generoso porque ha permitido que la edición sea bastante elegante y que incluyera el código de barras. Ya, por fin, parece que aquí en Cajamarca se está dando cuenta de la importancia del código de barras, descrito como el D.N.I. de un libro. Un libro sin el código de barras es como un ciudadano que no tiene D.N.I. —oficialmente no existe—.

Después de este prólogo, agradezco a Jack Farfán por haberme pedido que haga la presentación de su poemario, porque me ha obligado a hacer algo que había tenido en mente por más de un par años, y que no lo había hecho —aplicarme con más seriedad al estudio de la poesía—. Mi campo es la narrativa y varias veces he tenido problemas cuando alguien me ha pedido que presentara su poemario, porque no es lo mismo evaluar una pieza de prosa y evaluar un poema. Siempre he leído poesía. Puedo decir que tengo algunos poemas favoritos. También he garabateado una que otra cosa, pero consciente de que estaba nadando en aguas agitadas, con el peligro de hundirme. No soy poeta, pero Jack Farfán sí lo es y, como dice el crítico español Fernando del Val, “antepone un buen verso a cualquier cumplimiento de orden práctico”.

Ya, con la exigencia de presentar Gravitación del amor, como se dice popularmente, he tenido que ponerme las pilas y comencé mi estudio de cómo evaluar la poesía, mirando de nuevo una película que había visto hace años, La sociedad de los poetas muertos. No sé si la conocen. En caso que sí, les pido su indulgencia para permitirme hacer referencia a ella —además, siempre es bueno refrescar la memoria—. La acción de la película ocurre en los Estados Unidos, en un colegio de varones, internado y exclusivo. Uno de los protagonistas es el nuevo profesor de lengua y literatura. Este profesor pide a un alumno que lea de un texto que trata de la evaluación de un poema. Mientras el alumno lee en voz alta, todos sus compañeros escuchan cómo se puede hacer una representación gráfica para medir el valor de un poema. La dimensión vertical de ésta mide la importancia del poema a base del valor de su mensaje, y la línea horizontal mide la técnica: ritmos, lenguaje, etc. La cámara enfoca a varios alumnos obedientemente haciendo sus propias representaciones gráficas. Repentinamente, el profesor interrumpe la lectura y grita: “¡Excremento! ¡No se puede medir la poesía así!” Enseguida, ordena que arranquen las páginas del texto y que las boten a la papelera. Los pobres chicos no saben qué hacer. Es la primera vez que un profesor ordena que se bote un texto al tacho. Luego, él cita al gran poeta Walt Whitman , diciendo que se escribe poesía porque somos seres humanos, porque vivimos y amamos. El profesor admite que la poesía nada tiene que ver con las carreras que los padres de los chicos quisieran que sus hijos sigan, como Administración de Empresas, Marketing o Ingeniería —sin duda, carreras importantes para sostener la vida, pero que no están en el meollo de ella—. La esencia de la vida es belleza, pasión y amor, descrita por el mismo Whitman como “un drama poderoso” cuando escribe: “El drama poderoso sigue y pueda ser que tú contribuyas con un verso”. Y esto es lo que ha hecho Jack Farfán en su Gravitación del amor. En las palabras de otro crítico, Pedro Crenes Castro: “Esta colección de poemas no es sólo un canto romántico, no es sólo el amor por el otro que encontramos en cada página; hay más. Hay mucho de canto a uno mismo… porque al exponernos al otro, necesariamente nos reflexionamos a nosotros mismos y nos vemos en la medida en la que vemos al otro. Por eso el poeta nos descubre una faceta difícil de ver en otras obras: el amor al otro y su influencia en nosotros.” Y sobre el tema del amor, volveré más tarde.

En un libro titulado El poema y el viaje descubrí que sí, la poesía es viaje. Por medio de ella se transita por algunos de los grandes caminos de la vida. La vida es tan rica y compleja que hay muchos caminos dentro de ella. Hay los que nos llevan hacia arriba, como ir a Los Frailones y gozar del paisaje, del aire puro y del ambiente místico; y hay los que van hacia abajo, como túneles en las entrañas de la tierra, donde se encuentran los metales como el oro y la plata, las piedras preciosas y también la oscuridad. Entonces, mi primera sugerencia al lector de este poemario de Jack Farfán es tratar de sentir por dónde va el camino de cada poema. Por ejemplo, las páginas 54-55 contienen siete poemas bajo el título: Oscilaba la infinidad de horizontes desmoronados. A primera vista, el camino poético aquí es amplio, va hacia lo ‘más allá’, hacia el horizonte, y encontramos versos como: “Fluía el paso del horizonte —que es la primera línea del cuarto poema—, o “Era como mirar hacia arriba perdido en la noche” —que encontramos en el quinto poema. Pero —y en la poesía de nuestro amigo Jack me parece que siempre hay más que un pero—, encontramos palabras como hundimiento, profundidad y gruta. Así, el camino, o los múltiples caminos, que nos ofrece Jack Farfán en este poemario conducen al lector hacia distintas direcciones. Uno se siente como si estuviera caminando en la jalca cuando cae la neblina y tiene que preguntar a un campesino del lugar: “¿Adónde va este camino?” “¿Por dónde pasa?” Y, seguramente él va a contestar: “No se preocupe. El camino le lleva, señor”. El caminante no tiene más remedio que poner sus pies sobre el camino y seguirlo. De igual manera, el lector tiene que poner sus ojos en el poema y seguirlo. Entonces, mi segundo consejo al lector de este poemario, o cualquier otro, es simplemente dejar que los poemas le lleven.

Ahora bien, en este caminar juntos ¿qué sucede cuando no me siento atraído por el camino que presenta el poeta? Porque cuando se trata de caminos, para una persona, los de la sierra pueden ofrecer la más pura felicidad y para otra, una tortura indescriptible. Es igual con la poesía y muy bien puede suceder que por donde quiere caminar el poeta, el lector no quiere seguir. Dice que no es su mundo, no es su ambiente y que aun, allí hablan otro idioma. Entonces, permítanme hacer una referencia una vez más a la película La Sociedad de los Poetas Muertos. En una clase, repentinamente el profesor da un salto y se para encima de su pupitre. Luego pregunta a los alumnos: “¿Por qué me he parado aquí?” Ellos no saben cómo responder y él mismo les dice: “Para ver las cosas de otra manera”. Esto es lo que hace el poeta. Ve lo que todos vemos, pero de otra manera, y aquí menciono un par de versos que nos ofrece Jack. En la página 127 encontramos: “He dormido para no cerrar los ojos”. En la página 130 leemos: “Tendrías que verlo para sucederte en la ceguera”. Ante frases de esta naturaleza, hay la tentación de dar un ademán de hombros y decir: “No lo entiendo”, y dejar de lado el libro. Sí, muchas veces, la poesía ofrece un reto que no queremos aceptar, y algo parecido ocurre con la pintura abstracta. Ambos nos invitan a ver las cosas de otro modo y esto nos resulta incómodo. Preferimos nuestra rutina, nuestra manera acostumbrada de pensar. Fernando del Val habla de los que excluyen la cultura de su vida y “la desprecian como tarea fundamental. Prefieren la televisión o yo qué sé qué”.

Claro está, hay un problema si alguien siente que un poema no le dice absolutamente nada, pero en este caso hay que preguntar, “¿Radica el problema en el poema, o en la persona que lo lee?” No estoy diciendo que el poema debe producir una sensación agradable —sería casi imposible que un poema sobre Auschwitz o Hiroshima provoque alegría o felicidad; sin embargo, ambos son temas muy dignos de reflexión poética—. Lo que estoy diciendo, es que un poema debe producir una reacción de parte del lector, aunque sea una reacción de rechazo. Además, hay que tener paciencia; hay que gastar el tiempo necesario para establecer una relación entre el poema y el lector. Tomar tiempo, reflexionar y masticar reacciones no es fácil, sobre todo hoy en día, porque vivimos en un mundo donde se exige continuamente que todo salga al toque nomás. Nos hemos convertido en seres muy apurados como la Reina Roja en Alice Through the Looking Glass: que tenía que correr para poder mantenerse en el mismo sitio. Cuando somos así, estamos inhabilitados para comprender obras de arte, sean poemas, sean pinturas, sean piezas musicales, esculturas, o lo que sea. En este poemario que nos ofrece Jack Farfán no se puede apreciar lo que él ha escrito al toque nomás. Jack no nos ofrece algo sencillo, más bien nos da un hueso duro de roer. Nos provoca, nos hace pensar, estimula nuestra imaginación, nos friega —por no decir algo más fuerte— y nos lleva, aunque sea protestando, ‘de viaje’. Es un viaje lento, porque tenemos que parar y pensar, tenemos que indagar, tenemos que dejar que el poema opere su magia sobre nosotros. Es un viaje de amor.

Ahora bien, he mencionado que el viajero perdido en la jalca pregunta al campesino por dónde debe andar, y quisiera parar nuestro viaje por un momento y hablar sobre preguntas. No sólo hay que buscar respuestas a ellas, sino también hay que saber si la pregunta planteada es la pregunta adecuada o correcta. Permítanme darles un ejemplo. Recuerdo que cuando al Monseñor José Dammert Bellido lo eligieron Presidente de la Conferencia Episcopal, un periodista le preguntó: “¿Por qué le han elegido a usted?” El obispo contestó secamente: “Pregunta a los que me han elegido”. La pregunta era inadecuada. Una pregunta adecuada sería: “Ya que usted ha sido elegido Presidente, ¿Qué va a hacer?” —o algo por el estilo.

Cuando pasamos a la poesía, la pregunta correcta no se preocupa inicialmente de qué dice el poema, sino más bien de, “¿Qué me provoca pensar?” o “¿Qué siento cuando saboreo estos versos?” Un buen poema es un reto y requiere algo más que nuestra comprensión pasiva. Hace falta nuestra conexión con él, nuestra reacción. El Dr. Lúcido Boy, de Cajabamba, dice en su reciente libro, Leyes de la narración, que no sólo es menester que un lector devore un buen libro, sino que un buen libro debe devorar al lector. Si ésta es una ley para la narrativa, la es también para la poesía. Pero, ¡ojo!, no es un devorar de los alimentos simplemente, sino, como ya he dicho, del amor —y hay mucha diferencia entre tener sexo, al toque nomás, y hacer el amor—. Implícitamente, estoy diciendo aquí que en cierto sentido hay una dimensión erótica en toda poesía, y en el poemario que presento esta noche es más bien explícita. Se titula Gravitación del amor; entonces, el mismo título implica el deseo de una mutua compenetración entre él y el lector.

La dimensión erótica en el arte podría ser el tema de toda una conferencia y, en el tiempo limitado para la presentación de un poemario, no se puede decir mucho más que aseverar que la creación de una obra de arte es un acto sensual. Por eso, otro consejo para el lector de cualquier poesía es leerla en voz alta. Hay que saborear las palabras, sentirlas como miel, o como algo picante, y esto también lo dice la película La Sociedad de los Poetas Muertos y Pedro Crenes Castro, quien afirma con respecto a esta obra de Jack Farfán: “Los poemas han de ser leídos a media voz, respirando alma, modulando el fraseo que como una cadencia de olas va trayendo de lejos lo necesario para que el ritmo juegue su papel estético en esta obra.”

Hablar de “una cadencia de olas” me lleva a reflexionar un poco más sobre la cita del poeta Walt Whitman que ya he mencionado: “El drama poderoso sigue y pueda ser que tú contribuyas un verso”. Vale la pena saber que la raíz del vocablo verso se encuentra en un verbo latino que significa voltear o torcer. Esto implica que en un poema, las estrofas no tienen por qué seguir linealmente, sino pueden torcerse como olas, o voltearse —el camino poético no es recto, sino torcido y lleno de sorpresas—. Veamos un ejemplo. Este poema se encuentra en la página 61 del libro de Jack y es el segundo en un grupo de ocho bajo el título Domeñaré la emergente zona amarilla y donde cada poema es escoltado por un carácter chino que indica que no se puede asirse o aferrarse. El poema dice así:

El canto ascendiendo en la ruta del fuste vertical
Caído a desliz
Deshora
Si por querer entenderlo es que tengamos la ruta de la maravilla
Por delante
Para sin quererlo sin siquiera mencionarlo
Advenga la música deslizada
Sus precarias contrariedades
Oscilantes
Tacto de lo insólito que tiene que descender
Hilo sin llama sin quizás sin cita y ese espacio que se lleva el espíritu
En una aura combada hacia nosotros

No sólo hay que considerar los versos, sino también las palabras que son la materia prima para construir el poema. Es esencial que el poeta estudie la semiótica, la ciencia de los signos de comunicación. Tiene que saber de las palabras y cómo combinarlas; tiene que saber usar le mot just —la palabra precisa— como insiste el Dr. Mario Vargas Llosa cuando escribe al novelista, y muy bien podría decir lo mismo al poeta. En la buena poesía no hay lugar para las palabras ociosas —es decir, las palabras que nada añaden al significado del poema y están incluidas sólo para completar el verso, o porque ofrecen la rima que hace falta—. En una expresión como “la lluvia caía triste y mojadamente”, la última palabra es ociosa. Las palabras ociosas entorpecen el poema y la relación amorosa que se quiere establecer entre él y el lector. Son colesterol que bloquea las venas e impiden así el correr pasional de la sangre. Como dice Pedro Crenes Castro: “El lector atento observará que en estos poemas nada es casual, nada sobra, por mucho quiera buscarlo: cada palabra se presta a la estética que Jack Farfán Cedrón quiere imponer a su poesía.”

Las palabras que usa el poeta pueden ser sencillas o no. Lo importante es que sean precisas y cómo se encuentren empleadas. Detrás de ellas están la imaginación y la creatividad del autor; y en varias ocasiones he subrayado lo que dijo la poetisa norteamericana, Denise Levertov , que la imaginación es la facultad más importante que tenemos. Todo buen poeta la tiene, y la tiene en abundancia, como la tiene Jack Farfán. Pero, lamentablemente, no siempre los lectores la tienen y esto resulta ser un impedimento serio para la apreciación de la poesía. Es gracias a la imaginación que el poeta puede usar palabras en tal forma que aunque sean palabras comunes y corrientes, bajo su pluma producen algo fuera de lo común. Y esto es lo que sabe hacer Jack Farfán.

El poeta siempre anda entre metáfora y metáfora y, aunque a mí me enseñaron que no se debe mezclar las metáforas —no sé por qué— quisiera terminar haciéndolo, pasando al mundo de los arquitectos e ingenieros. A mí me fascinan las buenas construcciones, porque en un momento de mi vida quise seguir la carrera de la arquitectura. Un ejemplo excelente de crear algo novedoso como obra de arquitectura e ingeniería es el estadio que se ha construido en la ciudad sudafricana de Durban para el Mundial Futbol . Es una construcción fascinante donde se usan materiales tan conocidos como el concreto y el acero pero se los usan en tal forma que el estadio resulta ser novedoso, y espero que ustedes encuentren algo similar cuando lean los poemas de Jack Farfán en Gravitación del amor.

Muchas gracias.

Miguel Garnett,
Cajamarca.

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Revista de creación y eventos culturales. Moderan: Doan Ortiz Zamora, Alan Bustamante Medina y Jack Farfán Cedrón, escritores peruanos.