EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

sábado, 5 de junio de 2010

Los sin nombre

(Experimento II)




Tumbado sobre el sofá dispuesto en la biblioteca te miraba arrobado por las formas de tu desnudez. Te paseabas mirando el lomo de los libros. De vez en cuando te detenías y los acariciabas, daba la impresión de que junto a ellos acariciabas una idea. El silencio fue tragado de pronto por tu voz que citaba algo de Emmanuelle Arsan: La más perfecta creación artística es la que más se aleja de la imagen de Dios. ¡Dios hizo bien poca cosa al lado de lo que hicimos! Nuestra tierra es hermosa… La luz de los hombres la arrancó poco a poco a las tinieblas divinas y el mérito es vuestro, músicos, pintores, escultores, arquitectos, que habéis convertido el cielo y tierra en el reino de los hombres, un reino tan apasionante que nos libera y despreocupa del reino de Dios!, dijiste como en una especie de posesión metafísica. Los libros, poeta, tienen que darle una patada en el culo a Dios, así tal y como fueron concebidos los Trópicos de Miller; es más, tienen que ser un escupitajo a todos los conceptos estúpidos que nos han grabado en la cabeza. No hay nada más infame que la historia que tan sólo sirve para darle veracidad a las mentiras. Terminaste de hablar y tus pechos firmes y grandes mostraban tu grado de excitación. Subían y bajaban tratando de apresar el aire perdido por la disertación. Recobrando los brios volteaste hacia mí. Tus ojos vomitaban ira, pero una ira mezclada con emociones indescifrables. La literatura debe destruir mundos, construir otros y volverlos a destruir, dijiste ahora, excitada, pero con cierta solemnidad diabólica.

Caminaste hacia mí. Tu desnudez era contundente. Tu desnudez me envolvía. Me hacía migaja húmeda. Mi sexo se erguía entre la oscuridad y se agrietaba por el nacimiento de las venas, bombeándole sangre que seguro te acercabas a consumir, divina vampira. Tu desnudez y tus palabras retumbando por la biblioteca, en mi cabeza maltrecha. Tu palabra envuelta en tu desnudez que me llevaba a mi adolescencia cuando leía que Max Demian le decía con cierta resignación a Emil Sinclair que “se venera a Dios como padre de la vida, negando al mismo tiempo la vida sexual, sobre la que se basa la vida misma, declarándola diabólica y pecaminosaopino que deberíamos santificar y venerar al mundo en su totalidad, no sólo a esa mitad oficial, separada artificialmente. Por lo tanto, deberíamos tener un culto al demonio junto al culto divino” ¿Es esto lo que realmente significa la literatura? ¿La posibilidad de estrechar en unas cuantas páginas todos los mundos posibles? Tu voz brincaba de nuevo: Tras las palabras está el caos, poeta, y yo soy el caos. Tomaste con furia angelical mi sexo hinchado y rojo. Lo tomaste por toda su estructura troncocónica, como sabiamente la definió Cela, impúdicamente cruzado de venas celestes. De un solo envión lo escondiste en tu boca. Mis ojos se cerraron extasiados y tu voz seguía hablándome desde otra dimensión: “Placer mezclado con espanto, hombre y mujer entrelazados, la culpa más negra palpitando bajo la más tierna infancia: así era mi sueño de amor, así era también Abraxas” Te miraba chupándome con tanta hambre que dudaba de la realidad de tu voz, ¿sería acaso mi voz? Te contemplaba relamiéndome con esa fogosidad tan vampírica que me hacía perder el sentido de todo. No sabía qué era real o qué no lo era. Tus ojos se abrieron, me miraron desde mi entrepierna y tu voz volvió a tronar: “No hay más realidad que la que tenemos dentro” Volví a cerrar los ojos y dejarme llevar por la presión de tu boca, por los chasquidos y chupeteos de tu sed insaciable.

El ambiente se estaba cargando con olores rancios a sudor y a sexo que en modo alguno eran el nuestro. El aire podía tocarse, sentirse desparramado espesamente a nuestro alrededor. El sonido de tu excitación iba poblando la oscuridad de la biblioteca. Volví a abrir los ojos y te observé tragándote mi carne dura con la felicidad de aquella prostituta de la película Calígula de Tinto Brass. Esa ardiente mujer que se aferraba a la vida entre mamada y mamada en aquella alucinante escena final de la orgía servida por el lúbrico emperador romano. Otras voces se unían a tus macabros quejidos. A mi lado Henry Miller sodomizaba a María Calcaño que le gritaba entre embestidas que le dejara beberle con su agujero su retazo de tierra fértil, en los dos está el nudo fácil de la vida; engendra, hombre que posees tronco fuerte y amplias venas. Ella me sonreía complacida por los aplausos victoriosos que daba Miller a sus blancas nalgas. Esto es, poeta, hacer de la poesía una evidencia carnal, me dijo entre dientes que, eventualmente, chupaba de placer. Al fondo de la biblioteca Lou Andreas von Salomé cabalgaba a un Nietzsche en cuatro patas, sólo vestidos por la inmensidad de su bigote. Ella lo azotaba en las blancas nalgas y le decía autoritaria que la poesía del amor impregna toda la vida con su carencia de plenitud, mientras va buscando y obsequiando, con la tragedia de no poderse limitar a su obra externa pues no puede desasociar su pensamiento. Él borracho de placer vociferaba que Dios había muerto. Al otro lado del sofá donde mi divina me devora la virilidad, Shelley y Polidori se disputan el falo inmortal de Byron quien, desde su oscuridad vaporosa, no deja de mirar el culo avasallante de mi lamedora relamiendo sus labios decía que el mundo no puede dar alegrías tan grandes como las que quita, amigo mío, por eso escribo, para recobrar lo perdido, para poder disfrutar del solaz que me brindaba la lengua de Augusta. La literatura revive a los muertos sin consecuencias malditas. Quizás por eso muchos la ven como una extraña perversión porque desde ella puede desafiarse todo y no hay afrodisíaco más poderoso que desafiar al Bien, las buenas costumbres que terminan siendo tan frágiles como fuerte son las ganas de transgredirlas.

Todo se difuminaba y volvías a aparecer mamándome con frenesí que poco a poco me vencía. Apartaste tu boca para tomarlo con tu mano y masturbarme. No hay más realidad que la que tienes dentro, me dijiste, y yo soy tu realidad, toda tu realidad. Masturbándome con más fuerza volviste a hablar, recuerdas a Gautier? Theophile Gautier?. Asentí mareado por el placer de tu mano. Bien, con él sellé un pacto, el mismo que he ofrecido a todos y que todos han aceptado. ¿Lo aceptarías tú?. Sin saber de qué hablabas exactamente dije que sí. Impostando un poco la voz y sin dejar de darme placer con tu mano invicta dijiste: “Si quieres ser mío te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rompe ese fúnebre sudario con que vas a cubrirte, yo soy la belleza, la juventud, la vida; ven a mí, seremos el amor ¿Qué podría ofrecerte Yahvé como compensación? Nuestra vida discurrirá como un sueño y será un beso eterno. Derrama el vino de ese cáliz y serás libre, te llevaré a islas desconocidas, dormirás apoyado en mi seno en un lecho de oro macizo bajo un dosel de plata. Te amo y quiero arrebatarte a Dios ante quien tantos corazones nobles derraman un amor que nunca llega hasta él”. Sin fuerzas en el cuerpo, accedí. Volviste a tomar con tu boca mi sexo y lo sacudiste esta vez con voracidad arrolladora. Sentía el placer corriendo por mis venas, una fuerza extraña que me quemaba la piel. No pude contener tanta dicha y grité con sordidez byroniana: Tómame, divina, tómate el vino que me consagra a ti. Tómame, divina, tómame y hazme un instrumento de tu capricho infernal.

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Revista de creación y eventos culturales. Moderan: Doan Ortiz Zamora, Alan Bustamante Medina y Jack Farfán Cedrón, escritores peruanos.