EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El frío de la muerte



Signos del pantano




Doan Ortiz Zamora
Gobierno Regional
de Cajamarca
70 págs.



Por: Jack Farfán Cedrón


 I.-La clarividencia del signo 


Cantar, cantar, cantar hasta ver blancos los árboles. Esta noche sagrada. El grueso de las explicaciones indica que debemos continuar. La encrucijada es sinuosa, polvorienta. Las flechas conducen a la duda. La existencia es el designio del tormento. La faz de la tierra es el tormento elegido. No puedes dar vuelta atrás. Estás atrapado en la bella encrucijada; húmeda, distante, obedece a crujidos tempestuosos que galopan dentro de las venas invisibles, colándose por el hoyo de lo inexplicable. Acaso un eco de lo que te escuchas, a ti mismo. Acaso una sorda inexistencia de lo todavía no acaecido.   ¿Alguien habló sobre el frío de la muerte?, reza el alma vendida a esta helada estación de vivientes, Jaco. El viejo blues del salón en el ángulo oscuro. Robert Johnson invita a soñar una voz exitosa hecha humo, azulino, eléctrico, desleído en el habitáculo. Moridero de peces purgando como una ensoñación aguachenta, de tu boca. De pronto, el ritual melodioso de una voz, la sombra aherrumbrada, medieval: una lanza clavándose en el estómago. Cunde la noticia: “Hallan lívido a Brazos de Marfil: aparente suicidio. Seguiremos informando”. Se abre el telón, las hojarasca se despeja, dando paso a un viento inclemente únicamente reconocido por los muertos a esta hora de la no-hora, del no-paso del tiempo nocturno y desvelado por un viento a jirones. Atmósfera rarificada intensifica la palidez mortuoria del recinto. 
Me dijo que el frío lo sentían los que se quedaban; los que fracasaban con la muerte; los que creaban ese idilio infinito con la agonía y el hartazgo. Por eso yo nunca lo sentí”[1].
 Las sombras te atormentan, las sombras te apresan, no te dejan salir de ese abismo confuso de luces opacas. Una gran carrera por delante, como vestigio de la fatalidad recorriendo el abismo en que estoy. Es como la caída inexplicablemente estrepitosa de un Gibreel Farishta y un Saladin Chamcha, y a la vez, el ascenso de la Bella Remedios libre ya de sábana blanca, hacia el cielo de lo clarividente. Largue usted, tranquilamente, el saco de piedras sobre la charca podrida, la fritura de gusanos blancos a falta de tortas, la caída de culo, el pescozón por ser tan tonto, qué sé yo. Pero tu conversación es asaz pesimista. No tienes a nadie más que estas voces latas. ¿Los miedos están ahí? Sí, son reales. No puedes correr. Atrapado en tus sueños, mientras lo haces, alguien ajeno a ti y tan familiar a tu siamés inmediato te hala de la cuerda. ¡Tiren, tiren, tiren! Entrambos, las guerras interiores se dilucidan, se sacan los trapitos nauseabundos al sol, los secretos mejor ventilados a jeta parkinsoniana. El estómago se te dilata, atraca en lo hondo de un pozo del que sabes se entra fácilmente ebrio y nunca se sale. Un helado estupor hace de tu arraigo, mientras caes, un imperceptible tormento disparando polen marrón desde una corola amarilla de retama. ¿Acaso el despertar? Podría ser la fría, nebulosa muerte. 
Contemplarás, sí, “los templos del abismo”. Una paráfrasis del signo, una cara verborrea musicante; el infierno fundido; aquel vestigio con olor a ostra en medio de una borrachera, mujer: “Contemplando los templos del abismo”[2].
 Cerca de las ciudades. El rugido espantoso del mar, cuando te aproximas a él, te energiza la serpiente de la perfección muy a la usanza de tu gusanillo interior. Es como si navegaras en círculos, es como si te atraparas una y otra vez, incontables veces, la cola. Todo es cíclico y repetitivo. Cerca, la ventana horizontal. Musitas, desvelado, la clarividencia del signo. Esa cueva. Cómo es que las almas pintadas de negro ovacionan y conspiran para que tú te entretengas y el hombre de color avance con el faro celeste en mano, mientras la mujer perseguida lo hace, vuelta hacia el malecón, Jaco. 
“Todo es tan extraño, tan indeseable, como si estuviera atrapado en una pesadilla. Ahora no duermo, no tengo cansancio; pero siento el peso que tienen mis ojos. Aunque no sé si continúan allí. Puedo sentir mis cuencas como dos túneles, donde el viento pasa como único elemento vivo en este lugar. Claro, si es que podría decir que hasta el viento existe aquí. Hasta extraño a la serpiente y sus signos. Lo que no puedo soportar es la maldita fragancia del recuerdo y del ruido”[3].  
 


II.-Aquel valle de las horas 


Para el poeta Paul Mendoza Malaver, Signos del pantano. 
“Pertenece al teatro onírico existencialista. El argumento central es la búsqueda de Jaco, un músico de blues que decide dejar una banda para continuar su carrera como solista, inspirado por una enigmática melodía de Robert Johnson y una fragancia, mezcla del sudor de todos los cuerpos de las mujeres que amó, y de todos los sonidos que fluían de su guitarra. Jaco es un ente metafísico que desde el más allá lucha consigo mismo para reconstruir su memoria. Dejando en la nebulosa la identidad de su asesino, recobrará el sentido de su muerte en los signos, ahora inmóviles, hundiéndose como él, en el pantano del no ser”[4].
 Signos del pantano es la mirada furtiva en tres actos, de aquellas alegorías alerta en que se cuece un suicidio. Brazos de Marfil, el muchacho “de la risa esquelética” aparece, lívido cuerpo, sin vida, en su habitación en ruinas. La tarea esgrimida por el dramaturgo será develar la misteriosa desaparición de un individuo enigmático, cuyos vestigios traslapan un híbrido entre novela negra y poemario cinemático. Ser cansado de vivir, entre  nebulosas oníricas rociadas por el hada verde de la absenta; fondo musical, un blues desgarbado, tal roñoso maullido purpurino amaneciendo en este Valle de las Horas como espinas. 

Las escenas que entretejen el telón de esta poética de la depresión, están subvertidas por el invento de horas eternas, cifra precaria, ladrido, fotografía literaria con que acaso estuvo descripta la agonía del acto. La actual escena teatral basa su búsqueda en la existencia como espacio reflexivo, donde las personas se han convertido en ánimas, en medio del marasmo consumista, el gran escándalo de la televisión basura y las redes sociales, que nos van convirtiendo en sombras batallantes exhibidas en una vitrina antropofágica. Animales en conserva petrificada, de cara al desmoronamiento gradual de la personalidad y una actitud ególatra, amén del escaso cuidado del hábitat en que nadamos, en plena asfixia XXI.
 La nebulosa umbría de Signos del pantano atraviesa terrenos poéticos, sucesivas estaciones que en fondo surrealista y a la vez urbano, entretejen un plúmbeo telón de fondo. Jaco y las sombras, el desdén parsimonioso de la poética de César Moro y la desgarradora atmósfera de poeta suicida, son algunos de los elementos que, como certeros recursos literarios, amalgaman Signos del pantano, del escritor Doan Ortiz Zamora. Personajes deslizándose en una autopista de marasmo existencial de sádico lirismo. En tanto, el sonido ensordecedor de las primeras horas del amanecer rechina un ronco solo de saxo al oído, viciado de resaca vital como creativa: procelosa manera de encarnar el pensamiento del actual hombre contemporáneo, racimo de miedos interiores y fantasmas del pasado que lo aquejan y lo envejecen, en medio de precarios signos, pantanos y florestas en la niebla.



[1] Doan Ortiz Zamora. Signos del pantano. Gobierno Regional de Cajamarca. 70 págs. p. 18.

[2] Op. cit. Signos del pantano., pág. 24.

[3] Ibídem, pág. 31.[

4] Ibídem Signos en el pantano, contra carátula.

sábado, 11 de agosto de 2018

ARMAS DE FOGUEO, de Chrystian Zegarra


Armas de fogueo 

Chrystian Zegarra


Hipocampo Editores

(Lima, 2018)

  
En sus inicios poéticos, Chrystian Zegarra (Trujillo, 1971) publica dos volúmenes colectivos: Inmanencia, en 1998 y Regreso a Ourobórea, en (1999). Ernesto lumbreras manifiesta que en El otro desierto (2004) “el paisaje anímico se revela en el cruce del sacrificio y de la resurrección bajo una óptica naturalista reinterpretada en momentos por Francis Bacon (...) pero en Cinema de la crueldad (2009) se hace un selecto, seductor e inquietante recuento, y también un paseo y una relectura por una filmografía (...) donde la poética del dolor se resuelve como conciencia del cuerpo y de sus límites”. En Cinema, “como con un golpe de mar sobre el rostro” (se recuerda aquí el verso de “Datzibao”, del recién fenecido, gran poeta y erudito Enrique  Verástegui), Zegarra restriega en la cara una realidad nítida, amenazadora, sutil; ora avezada, ora de una acritud impredecible, cuando no azas irónica, mordaz. Ésta realidad es una caza de escenas de lo cotidiano. Varios epígrafes revelan su filiación al malditismo: Antonin Artaud; o, por momentos, hermético: Martín  Adán. Cinema es también juego surrealista: Xavier Abril. Chrystian Zegarra, ganador de la XII Bienal de Poesía Premio Copé de Oro, con Escena primordial y otros poemas (2007); también profesor asociado en Colgate University, publica después de diez años, Armas de fogueo (Hipocampo Editores, 2018). El poeta dispara en el epígrafe que da inicio al libro (pág. 9), a golpe de tambor detonante, un verso de Philippe Soupault (París, 1897-1990):

“El disparo de un revólver sería una melodía tan suave”.

Soupault, compañero de filas surrealistas del poeta peruano César Moro (Lima, 1903-1956), ambos apadrinados por André Breton bajo la consigna de “la palabra designando el objeto propuesto por su contrario” inician el rito de “Entrada” en el libro que nos ocupa. Poema surrealista de un solo verso que rememora “Visión de pianos apolillados cayendo en ruinas”, del citado Moro; un texto que deja al lector de a pie sin aliento, por lo caótico, solar, de sus imágenes, en un cósmica mixtura esplendente, que erupciona, efervesce, con quien César Moro da inicio a su famosa obra maestra: La tortuga ecuestre, publicada póstumamente por su albacea literario André Coyné, hacia 1957. Armas de fogueo refracta sobre el agua alguna escena bélica; un reverbero de luz fosforeciendo en las pupilas del venado, presa del disparo. Atravesamos, pues, como lo dice Edgar Paiewonski-Conde en la contra carátula del poemario, “una zona de batalla”, que lejos de propender, como en Cinema, a bodegones anímicos, más bien recorre las ciudades devastadas por personajes rudos, indiferentes al dolor, para detenerse abruptamente en cuencos desportillados donde se bebe bourbon artesanal, maquinalmente, al más crudelísimo y salvaje estilo de Popeye (Santuario), novela en donde explora William Faulkner el flujo de consciencia, introducido por el psicólogo William James (padre de Henry) desde distintos puntos de vista narrativos de cada uno de sus veinticinco personajes alrededor de sus cincuenta y nueve capítulos. Camina, Zegarra, por reinos inmanentes; un sub mundo, acaso, en picada, donde lo que gratifica es la palabra del más fuerte, en una hórrida selva, viciada por el tremendo espectáculo de la banalidad, la corrupción, el poder, manejándonos, como una marioneta. Los personajes en Armas de fogueo ya no son actores de un cinema crudo y descarnado; son más bien baluartes de la más impía batalla. Muestra de ello, leemos (pág. 15) en el poema “Monumento”:

la cabeza / de quien se transportaba a hombros de litera / rueda / y despeina el sendero de alfalfares / mansamente se estaciona / junto a pilares derruidos de un caserón antiguo

Se evidencia influencias de quien mediante la narración de Mientras agonizo (1930), hiciera relatar a sus veinticinco personajes, en cincuenta y nueve capítulos, a la familia campesina, los Bundren. Durante su trayecto escabroso, acaecido en un ambiente sureño de los Estados Unidos, una justa odisea que es a la vez el reflejo de los padecimientos y la aventura llevada, como quien carga una cruz agónica, la del sufrimiento. Podría ser escenario Nueva York, como también podría serlo una comarca norteña “peruana del Perú” de los años ochenta, o la cinemática, ya sumergida más de dos veces al mismo río: ¡el mismo río de Cinema de la crueldad! Como en Final aún (Edgar Saavedra; Caxamarca, 1976), Zegarra es un carnicero, presdigitador verbal cada vez más evanescente, hasta uno de esos finales que hacen close-up retrovisor: caleidoscopio bamboleante de cabezas cercenadas por la acidez de pútridas aguas de relave. Fortalecido por una arquitectura poética, de libro-objeto, Armas de fogueo es una cámara/trampa, si se quiere, perpetrada por un aeda iracundo, descarnado, calculador, nítidamente deshojando escenas que pueden tocarse con la punta de la nez. Alerta dominio de sí mismo; ecuánime, seguro, desbasta aristas en ángulo recto, de un “anfibio milenario” que nos hace recordar al axolotl de Cortázar. Hablamos del poema “Retaguardia”, pág. 16, que reza:

“Nadie esperaba el regreso del anfibio milenario (...) a falta de boca / una mordaza modeló / el ángulo recto de su mandíbula / y con dedos que semejaban extremidades de reptil (...) / atracaba / las barricadas del olvido”.


Las piezas poéticas: “Herencia”, “Desquite” o “Vuelta de tuerca”, compendian la primera parte: Entrada (pág. 11); para, en la sección denominada La jaula de los enajenados, exiliar a sus personajes sin nombre; seres anónimos que beben de la fuente misma del desvelo. Los textos del volumen llevan impresas fotografías de alta resolución sobre un film anímico, barómetro de una “alta sociedad” en picada. No sin destreza literaria, Zegarra disecciona las partes más horrorosas del mundo, hasta dotar sus escenas, incluso, de hedor a carca de caballo. Un campo de maíz acentúa la orfandad de un agricultor americano vistiendo de sombrero de ala ancha y uniforme camuflado, que bebe whisky en jarro desportillado, al final de cada jornada. Desolación descripta, honda polifonía de sus personajes rodando un microfilm compacto. Magma cinemático es Armas de fogueo. A diez años década de silencio poético, Chrystian Zegarra, Doctor en Literatura Hispánica en la UCLA, nos ha apabullado con estas ‘armas de fogueo’, que, o bien serán cura para despiertos, o bien una patada en el trasero a los condenados; vaya usted a saberlo, porque Armas de fogueo es un libro de poesía que nos deja fuera de combate. 



Caxamarca, agosto de 2018


miércoles, 8 de agosto de 2018

"Odiario", de Renato Sandoval


 Odiario

Renato Sandoval Bacigalupo

Amotape Libros, 77 págs, Lima





miércoles, 25 de julio de 2018

Curso Taller HABLA BIEN

TALLER:
HABLA BIEN: Arte de la Comunicación para el Talento Humano




FECHA: 01 DE SETIEMBRE DE 2018
MODALIDAD PRESENCIAL


DIRIGIDO A: Público en general.

MODALIDAD: Presencial

LUGAR: Conjunto Monumental Belén. Dirección Desconcentrada de Cultura – Cajamarca. Jr. Belén 631

HORARIO: De 9:00 a.m. a 1:00 p.m.

DURACIÓN: 1 sesión de estudio

INVERSIÓN: S/. 100.00 - No incluye I.G.V.

CERTIFICACIÓN:
A los participantes que logren un desempeño satisfactorio, se les otorgará su respectivo diploma (Diploma por 04 horas académicas lectivas).

TEMAS DEL TALLER:

Ø  Relajación y respiración
Ø  Concentración
Ø  Postura corporal
Ø  Creatividad escénica en la comunicación
Ø  Gestión emocional en la comunicación
Ø  Vocalización
Ø  Impostación de voz
Ø  Ritmo y balance vocal
Ø  Desempeño escénico integral para la comunicación
Ø  Presencia escénica

TALLERISTAS:

Lic. Luis Enrique Guerrero Luna
Licenciado en Educación, en las menciones de Lenguaje y Comunicación Social. Su personalidad y preferencias lo llevaron a desarrollarse más como un comunicador social, gestor cultural y artista multifacético. Su experiencia en el teatro ha hecho de él uno de los conductores de TV más genuinos del medio y su pasión por la cultura han definido su pensamiento y su expresión oral. Actuó por primera vez a los 8 años y oficialmente arrancó a los 16. Por años trabajó con Duermevela y Cierto Consenso, y sus últimas especializaciones las realizó en "Ensamble", con Sergio Galliani; "Spiral", con Nicolás Fantinato, Alejandra Saba y Armanda San Martín; y "La Reserva Impro", con Gonzalo Iglesias. También practica la literatura, la pintura y la música.

Mg. Eduardo Farfán Cedrón
Magister en Gestión de la Educación. Administrador y Psicólogo de formación. Coach Ejecutivo por INCAE Business School (Costa Rica). Certified Success Coach (CSC) por Success Unlimited Network (USA). Advanced Training Course en Técnicas de Terapia Racional Emotiva Conductual por el Albert Ellis Institute (USA), Formación en Terapia Familiar Sistémica (Perú), Master en Dirección Estratégica del Capital Humano. Entrenador Acreditado por ISEM. Formación básica actoral con Mario Delgado (Cuatrotablas, Perú).


INFORMES E INSCRIPCIONES: 
Celular: 957 369 554

martes, 30 de enero de 2018

"Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul", de JAVIER FARFAN CEDRON

Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul
Autor: Javier Farfán Cedrón
Editorial(es): Gobierno Regional de Cajamarca
Lugar de publicación: Cajamarca
Año de edición: 2017
Número de páginas: 64
Formato: 21.0 x 14.8

Precio: S/. 20.00 

añadir al carrito


Reseña

No resultaría infructuoso afirmar que el volumen de relatos Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul, de Javier Farfán Cedrón, está compuesto por una atmósfera real. Compone un anecdotario vital en el que las situaciones más triviales se convierten en hechos serios; a veces hasta crueles, con que la vida nos remunera o mezquina. Ficciones serenas, que el narrador esgrime con destreza y pulcritud lo acaecido, pero que también calla lo sentido, con necesaria economía léxica o generosidad imaginérica. Historias calando en los sueños, que son deseos insatisfechos. Un mítico rumor avasallante de finales abiertos en donde la polifonía de sus personajes (hablan todos, muchos o nadie a la vez) se trepa en lo contado; de tal manera que nadie escapa a la ironía, al ejercicio melancólico, tanto como omnisciente, de esperar en una banca del parque, a ver si alguien toma cuenta del pasaporte necesario para el gran viaje fantasma y a la vez maravilloso de la literatura. 

Link

http://www.librosperuanos.com/libros/detalle/18857/Una-tarde-de-nubes-coloradas-y-arboles-de-sombra-azul

Licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Perú de Creative Commons.

Constelaciones

Archivo del blog

Datos personales

Mi foto
Peru
Revista de creación y eventos culturales. Moderan: Doan Ortiz Zamora, Alan Bustamante Medina y Jack Farfán Cedrón, escritores peruanos.