EL PADRE REBAZA, UNA VIDA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

sábado, 11 de agosto de 2018

ARMAS DE FOGUEO, de Chrystian Zegarra


Armas de fogueo 

Chrystian Zegarra


Hipocampo Editores

(Lima, 2018)

  
En sus inicios poéticos, Chrystian Zegarra (Trujillo, 1971) publica dos volúmenes colectivos: Inmanencia, en 1998 y Regreso a Ourobórea, en (1999). Ernesto lumbreras manifiesta que en El otro desierto (2004) “el paisaje anímico se revela en el cruce del sacrificio y de la resurrección bajo una óptica naturalista reinterpretada en momentos por Francis Bacon (...) pero en Cinema de la crueldad (2009) se hace un selecto, seductor e inquietante recuento, y también un paseo y una relectura por una filmografía (...) donde la poética del dolor se resuelve como conciencia del cuerpo y de sus límites”. En Cinema, “como con un golpe de mar sobre el rostro” (se recuerda aquí el verso de “Datzibao”, del recién fenecido, gran poeta y erudito Enrique  Verástegui), Zegarra restriega en la cara una realidad nítida, amenazadora, sutil; ora avezada, ora de una acritud impredecible, cuando no azas irónica, mordaz. Ésta realidad es una caza de escenas de lo cotidiano. Varios epígrafes revelan su filiación al malditismo: Antonin Artaud; o, por momentos, hermético: Martín  Adán. Cinema es también juego surrealista: Xavier Abril. Chrystian Zegarra, ganador de la XII Bienal de Poesía Premio Copé de Oro, con Escena primordial y otros poemas (2007); también profesor asociado en Colgate University, publica después de diez años, Armas de fogueo (Hipocampo Editores, 2018). El poeta dispara en el epígrafe que da inicio al libro (pág. 9), a golpe de tambor detonante, un verso de Philippe Soupault (París, 1897-1990):

“El disparo de un revólver sería una melodía tan suave”.

Soupault, compañero de filas surrealistas del poeta peruano César Moro (Lima, 1903-1956), ambos apadrinados por André Breton bajo la consigna de “la palabra designando el objeto propuesto por su contrario” inician el rito de “Entrada” en el libro que nos ocupa. Poema surrealista de un solo verso que rememora “Visión de pianos apolillados cayendo en ruinas”, del citado Moro; un texto que deja al lector de a pie sin aliento, por lo caótico, solar, de sus imágenes, en un cósmica mixtura esplendente, que erupciona, efervesce, con quien César Moro da inicio a su famosa obra maestra: La tortuga ecuestre, publicada póstumamente por su albacea literario André Coyné, hacia 1957. Armas de fogueo refracta sobre el agua alguna escena bélica; un reverbero de luz fosforeciendo en las pupilas del venado, presa del disparo. Atravesamos, pues, como lo dice Edgar Paiewonski-Conde en la contra carátula del poemario, “una zona de batalla”, que lejos de propender, como en Cinema, a bodegones anímicos, más bien recorre las ciudades devastadas por personajes rudos, indiferentes al dolor, para detenerse abruptamente en cuencos desportillados donde se bebe bourbon artesanal, maquinalmente, al más crudelísimo y salvaje estilo de Popeye (Santuario), novela en donde explora William Faulkner el flujo de consciencia, introducido por el psicólogo William James (padre de Henry) desde distintos puntos de vista narrativos de cada uno de sus veinticinco personajes alrededor de sus cincuenta y nueve capítulos. Camina, Zegarra, por reinos inmanentes; un sub mundo, acaso, en picada, donde lo que gratifica es la palabra del más fuerte, en una hórrida selva, viciada por el tremendo espectáculo de la banalidad, la corrupción, el poder, manejándonos, como una marioneta. Los personajes en Armas de fogueo ya no son actores de un cinema crudo y descarnado; son más bien baluartes de la más impía batalla. Muestra de ello, leemos (pág. 15) en el poema “Monumento”:

la cabeza / de quien se transportaba a hombros de litera / rueda / y despeina el sendero de alfalfares / mansamente se estaciona / junto a pilares derruidos de un caserón antiguo

Se evidencia influencias de quien mediante la narración de Mientras agonizo (1930), hiciera relatar a sus veinticinco personajes, en cincuenta y nueve capítulos, a la familia campesina, los Bundren. Durante su trayecto escabroso, acaecido en un ambiente sureño de los Estados Unidos, una justa odisea que es a la vez el reflejo de los padecimientos y la aventura llevada, como quien carga una cruz agónica, la del sufrimiento. Podría ser escenario Nueva York, como también podría serlo una comarca norteña “peruana del Perú” de los años ochenta, o la cinemática, ya sumergida más de dos veces al mismo río: ¡el mismo río de Cinema de la crueldad! Como en Final aún (Edgar Saavedra; Caxamarca, 1976), Zegarra es un carnicero, presdigitador verbal cada vez más evanescente, hasta uno de esos finales que hacen close-up retrovisor: caleidoscopio bamboleante de cabezas cercenadas por la acidez de pútridas aguas de relave. Fortalecido por una arquitectura poética, de libro-objeto, Armas de fogueo es una cámara/trampa, si se quiere, perpetrada por un aeda iracundo, descarnado, calculador, nítidamente deshojando escenas que pueden tocarse con la punta de la nez. Alerta dominio de sí mismo; ecuánime, seguro, desbasta aristas en ángulo recto, de un “anfibio milenario” que nos hace recordar al axolotl de Cortázar. Hablamos del poema “Retaguardia”, pág. 16, que reza:

“Nadie esperaba el regreso del anfibio milenario (...) a falta de boca / una mordaza modeló / el ángulo recto de su mandíbula / y con dedos que semejaban extremidades de reptil (...) / atracaba / las barricadas del olvido”.


Las piezas poéticas: “Herencia”, “Desquite” o “Vuelta de tuerca”, compendian la primera parte: Entrada (pág. 11); para, en la sección denominada La jaula de los enajenados, exiliar a sus personajes sin nombre; seres anónimos que beben de la fuente misma del desvelo. Los textos del volumen llevan impresas fotografías de alta resolución sobre un film anímico, barómetro de una “alta sociedad” en picada. No sin destreza literaria, Zegarra disecciona las partes más horrorosas del mundo, hasta dotar sus escenas, incluso, de hedor a carca de caballo. Un campo de maíz acentúa la orfandad de un agricultor americano vistiendo de sombrero de ala ancha y uniforme camuflado, que bebe whisky en jarro desportillado, al final de cada jornada. Desolación descripta, honda polifonía de sus personajes rodando un microfilm compacto. Magma cinemático es Armas de fogueo. A diez años década de silencio poético, Chrystian Zegarra, Doctor en Literatura Hispánica en la UCLA, nos ha apabullado con estas ‘armas de fogueo’, que, o bien serán cura para despiertos, o bien una patada en el trasero a los condenados; vaya usted a saberlo, porque Armas de fogueo es un libro de poesía que nos deja fuera de combate. 



Caxamarca, agosto de 2018


miércoles, 8 de agosto de 2018

"Odiario", de Renato Sandoval


 Odiario

Renato Sandoval Bacigalupo

Amotape Libros, 77 págs, Lima





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